domingo, 5 de octubre de 2008

veintidós

En una pequeña calle transversal había siempre gatos adormilados a la sombra de las tapias. Todos los días, después del almuerzo, a la hora en que la ciudad entera estaba adormecida por el calor, un viejecito aparecía en un balcón, del otro lado de la calle. El pelo blanco y bien peinado, derecho y severo en su traje de corte militar, llamaba a los gatos con un "minino, minino" dulce y distante a un tiempo. Los gatos levantaban los ojos, pálidos de sueño, sin decidirse a moverse.Él rompía pedacitos de papel sobre la calle y los animales, atraídos por esta lluvia de mariposas blancas,avanzaban hasta el centro de la calzada,alargando la pata titubeante hacia los últimos trozos de papel. El viejecito entonces escupía sobre los gatos con fuerza y precisión. Si uno de sus escupitajos daba en el blanco, él reía.

A.C

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